Tanizaki Junichiro
el escritor que convirtió la obsesión en literatura
Vida, estética del fetiche y obra de un maestro de las letras japonesas
Hay autores que escriben sobre el deseo y autores que escriben desde el deseo. Tanizaki Junichiro pertenece sin dudas al segundo grupo. Considerado una de las voces más importantes de la literatura japonesa del siglo XX, construyó una obra donde la belleza, la sombra, el fetichismo y la ambigüedad moral no son adornos narrativos, sino el motor mismo de sus historias. Repasar su vida es, en gran medida, repasar las fuentes de esa obsesión.
Una infancia entre la decadencia y el asombro
Tanizaki nació en Tokio en 1886, en el seno de una familia de comerciantes cuya fortuna se fue desmoronando durante su infancia. Ese contraste entre un pasado próspero y un presente en declive marcó su sensibilidad desde temprano: aprendió a mirar la elegancia como algo frágil, a punto de desaparecer, algo que había que atesorar antes de perderlo para siempre.
Fue un estudiante brillante, apasionado por la literatura clásica japonesa y china, pero también fascinado por la cultura occidental que empezaba a inundar el Japón de la era Meiji. Esa tensión —Oriente y Occidente, tradición y modernidad— sería uno de los ejes centrales de toda su producción literaria.
El escritor que escandalizó a su época
Tanizaki comenzó a publicar cuento y ensayo en su juventud, ganando notoriedad rápidamente por un estilo sensual, casi decadente, influido por autores como Edgar Allan Poe y Charles Baudelaire. Desde sus primeros relatos mostró interés por lo grotesco, lo perverso y lo bello entendido como una fuerza casi peligrosa.
Su vida personal fue tan singular como su literatura. En 1930 protagonizó uno de los episodios más comentados de las letras japonesas: cedió a su primera esposa, Chiyo, a su amigo y también escritor Satō Haruo, en un intercambio anunciado públicamente en los diarios de la época. El episodio, lejos de hundirlo socialmente, alimentó su leyenda de hombre que vivía sin ataduras convencionales, tanto en el amor como en la escritura.
Tras el gran terremoto de Kantō en 1923, Tanizaki se mudó de Tokio a la región de Kansai (Osaka y Kioto), un traslado que resultó decisivo. Alejado de la capital, más occidentalizada y moderna, se sumergió en la estética tradicional japonesa: el teatro kabuki, las casas de té, los kimonos, las costumbres antiguas de las mujeres de clase alta. Ese giro hacia lo clásico japonés no fue un simple cambio de escenario, sino una verdadera revolución interior que definiría su segunda gran etapa creativa.
La fetichización de la belleza: pies, sombra y sumisión
Si hay una palabra que resume la obsesión literaria de Tanizaki, es estética del fetiche. En su obra, ciertos objetos y partes del cuerpo —sobre todo los pies femeninos— se convierten en símbolos de devoción casi religiosa. Sus personajes masculinos suelen rendirse ante mujeres que los dominan, los humillan o los ignoran, encontrando en esa sumisión una forma extraña de placer estético y emocional.
Este componente masoquista no es gratuito ni meramente provocador: funciona como una crítica velada a la rigidez de los roles de género tradicionales y, al mismo tiempo, como una celebración de la belleza femenina llevada al extremo del culto. Para Tanizaki, adorar un pie, una nuca, una sombra proyectada sobre un tatami, era una forma legítima —y profundamente japonesa— de experimentar lo sublime.
Esa sensibilidad alcanza su formulación teórica más célebre en el ensayo Elogio de la sombra (In’ei Raisan, 1933), donde Tanizaki defiende la penumbra, lo velado y lo incompleto frente a la iluminación total y la transparencia de la modernidad occidental.
Para él, el brillo apagado de una laca, el resplandor tenue de una vela, el rostro de una mujer entrevisto en la oscuridad, condensaban una forma de belleza que la modernidad estaba destruyendo. Este texto, más ensayístico que narrativo, se convirtió en una de las claves para entender toda su cosmovisión estética.
Obras imprescindibles
Chijin no Ai (痴人の愛, 1924) narra la relación entre un hombre maduro y una joven que él mismo educa a su gusto, esperando moldearla como esposa ideal, hasta que la situación se invierte por completo y termina dominado por ella. Es una de las primeras grandes exploraciones de la obsesión, el control y la sumisión masculina en su obra.
Sasameyuki, conocida en español como Las hermanas Makioka (1943-1948), es quizás su novela más ambiciosa: retrata a cuatro hermanas de una familia de clase alta de Osaka en el Japón de preguerra, con un estilo pausado y minucioso que documenta costumbres, ceremonias y tensiones familiares mientras el mundo tradicional japonés se acerca inevitablemente a su fin.
Tade kuu mushi, traducida como Hay quien prefiere las ortigas (1929), aborda un matrimonio en crisis y, a través de él, el conflicto entre la modernidad occidentalizada y la tradición japonesa, un tema recurrente en toda su producción.
La llave (Kagi, 1956) es una de sus obras más audaces: a través de diarios cruzados de un matrimonio, Tanizaki explora el deseo, los celos y los juegos de poder sexual con una franqueza inusual para la época, consolidando su fama de escritor dispuesto a incomodar al lector.
Diario de un viejo loco (Fūten Rōjin Nikki, 1962), una de sus últimas grandes obras, presenta a un anciano enfermo que sigue obsesionado con su nuera, en una vuelta final —ya en la vejez del propio autor— a los temas del deseo, el cuerpo y la fascinación por lo inalcanzable.
Legado
Tanizaki fue candidato reiterado al Premio Nobel de Literatura y recibió en vida numerosos reconocimientos, incluyendo la Orden de la Cultura de Japón. Murió en 1965, dejando una obra que continúa siendo estudiada tanto por su valor literario como por su capacidad de anticipar debates que hoy nos resultan muy actuales: el poder del deseo, la construcción social de la belleza y la delgada línea entre admiración y sumisión.
Leer a Tanizaki hoy es entrar en un mundo donde nada se dice del todo, donde la sombra vale más que la luz y donde la obsesión, lejos de ser vergonzosa, se convierte en la forma más sincera de rendir homenaje a lo bello.
Naoto Sensei · Letras y cultura japonesa

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