Los 12 lugares
imprescindibles de Japón
De Hokkaido a Okinawa: una travesía por los rincones más extraordinarios del archipiélago
Japón es un país que desafía toda expectativa. Quienes llegan pensando encontrar templos y tecnología vuelven hablando de algo mucho más difícil de describir: una sensación de orden armónico que impregna cada calle, cada bosque y cada cuenco de ramen. Desde las nevadas estepas del norte de Hokkaido hasta los arrecifes de coral de Okinawa, el archipiélago japonés ofrece una diversidad paisajística, cultural y gastronómica que pocos países del mundo pueden igualar. Esta guía recorre doce de sus lugares más extraordinarios, tratando de capturar no solo lo que se ve, sino lo que se siente.
01 · Sapporo y el valle de Furano
Hokkaido es la gran isla del norte, la menos poblada y la más salvaje de Japón. Su capital, Sapporo, es una ciudad moderna y bien trazada, famosa en todo el mundo por su cerveza y por el Festival de la Nieve de febrero, durante el cual esculturas de hielo de varios pisos de altura transforman los parques de la ciudad en una galería de arte efímero a temperaturas de diez grados bajo cero.
A dos horas de Sapporo, el valle de Furano ofrece uno de los espectáculos naturales más fotografiados de Asia: en julio, interminables franjas de lavanda, girasoles y amapolas tiñen las colinas de morado, amarillo y rojo en un mosaico que parece diseñado por un artista impresionista. En invierno, los mismos campos desaparecen bajo metros de nieve y la región se convierte en uno de los mejores destinos de esquí de Asia.
Hokkaido conserva también la herencia cultural del pueblo Ainu, los habitantes originarios de la isla, cuya lengua, artesanía y cosmovisión animista ofrecen una perspectiva radicalmente distinta a la cultura japonesa mayoritaria. El museo Upopoy, inaugurado en 2020 en Shiraoi, es la introducción más completa y emocionante a esta cultura milenaria.
02 · Nikko: el santuario dorado del bosque
Existe en Japón un proverbio que dice: «No digas kekko (magnífico) hasta que hayas visto Nikko». La frase puede sonar exagerada hasta que uno se planta ante el santuario Toshogu y comprende que algo así solo puede construirse cuando el poder, la fe y la ambición artística convergen sin límites de presupuesto. Erigido en el siglo XVII como mausoleo del shogun Tokugawa Ieyasu, el Toshogu es una explosión de lacas rojas, dorados y tallas de una complejidad que hace girar la cabeza.
Pero Nikko no es solo el Toshogu. El complejo sagrado incluye el templo Rinnoji, la pagoda de cinco pisos, el puente rojo de Shinkyo y una red de caminos bordeados de cedros milenarios que crean una penumbra casi mística. En otoño, cuando el arce japonés pinta el bosque de carmesí y naranja, el conjunto alcanza una belleza que resulta difícil de procesar.
03 · Tokio: la megalópolis que funciona
Con casi 14 millones de habitantes en la ciudad y más de 37 millones en el área metropolitana, Tokio es la ciudad más poblada del planeta. También es, paradójicamente, una de las más ordenadas, silenciosas en sus transportes y emocionalmente contenidas en sus espacios públicos. Esta contradicción es quizás el primer misterio que el viajero debe aprender a disfrutar.
Tokio no tiene un centro único: es una constelación de barrios radicalmente distintos que coexisten con una coherencia sorprendente. Shinjuku ofrece el skyline más impresionante, los rascacielos del gobierno metropolitano y el laberíntico barrio de entretenimiento nocturno de Kabukicho. Asakusa conserva la Tokio antigua con el templo Senso-ji y sus puestos de artesanía. Shibuya exporta las tendencias de moda juvenil al mundo. Yanaka guarda el alma de la ciudad de madera que fue antes de los bombardeos de 1945.
La gastronomía tokiota merece un párrafo aparte: con más estrellas Michelin que ninguna otra ciudad del mundo —incluyendo París— y una densidad de restaurantes que supera cualquier imaginación, Tokio ofrece desde el ramen de 800 yenes en un local de cuatro asientos hasta la experiencia de kaiseki de doce platos que puede costar lo mismo que un vuelo transatlántico.
04 · Monte Fuji y la región de Hakone
Hay imágenes que uno cree conocer hasta que las ve en persona. El Monte Fuji — Fuji-san para los japoneses — es una de ellas. A 3.776 metros sobre el nivel del mar, es el pico más alto de Japón y uno de los volcanes más perfectamente cónicos del planeta. Su silueta ha aparecido en miles de obras de arte a lo largo de los siglos y sigue siendo el símbolo visual más reconocible de Japón en el mundo.
La mejor forma de contemplarlo sin hacer el ascenso es desde la región de Hakone, un parque natural de aguas termales, bosques de cedros y lagos volcánicos que ofrece vistas del Fuji en días despejados. Hakone tiene además varios museos excepcionales —incluido el Hakone Open-Air Museum, con esculturas de Rodin y Moore diseminadas por jardines con vistas al monte— y una red de onsen (baños termales) que justifica el viaje por sí sola.
Para los más atrevidos, ascender el Fuji es una experiencia que mezcla esfuerzo físico, frío inesperado y una vista desde la cima que los japoneses resumen en una frase: «Solo un tonto no sube el Fuji; solo un tonto sube el Fuji dos veces».
05 · Kioto: la ciudad que eligió la permanencia
Durante más de mil años, Kioto fue la capital imperial de Japón. A diferencia de Tokio, que fue destruida y reconstruida múltiples veces a lo largo del siglo XX, Kioto sobrevivió la Segunda Guerra Mundial casi intacta —cuenta la leyenda que gracias a la intervención del Secretario de Guerra estadounidense Henry Stimson, que la había visitado en su luna de miel— y conserva hoy una concentración de patrimonio cultural sin parangón en Asia.
El santuario de Fushimi Inari, con sus miles de puertas torii naranjas que forman un corredor serpenteante montaña arriba, es la imagen más reproducida de Kioto en las redes sociales. El templo Kinkakuji —el Pabellón Dorado— refleja su brillo en el estanque que lo rodea con una perfección que parece casi irreal. El barrio de Gion preserva las casas de madera de los ochaya (casas de té) donde las geishas —aquí llamadas geiko— siguen ofreciendo el arte del entretenimiento más refinado de la cultura japonesa.
La mejor forma de entender Kioto no es seguir el circuito turístico habitual sino perderse a pie por sus barrios de madera —Higashiyama, Nishiki, Fushimi— y dejarse sorprender por el olor a incienso que sale de un templo sin nombre, por una geiko que camina apresuradamente entre dos citas, por un jardín zen completamente vacío a las siete de la mañana.
06 · Osaka: la ciudad que vive para comer
Si Tokio es la ciudad que trabaja y Kioto es la que recuerda, Osaka es la que come. El concepto de kuidaore —«arruinarse comiendo»— es el espíritu que mejor define a esta ciudad ruidosa, directa y extraordinariamente hospitalaria. Los osakenses tienen fama, incluso entre los japoneses, de ser los más abiertos, los más expresivos y los más orgullosos de su cocina.
La calle Dotonbori, con sus letreros luminosos que duplican su brillo en el canal, concentra lo mejor y lo más excéntrico de la cocina callejera osaka: takoyaki (bolitas de pulpo), okonomiyaki (tortilla japonesa con col y salsa dulce), kushikatsu (brochetas fritas), y ramen de distintas escuelas que compiten ferozmente por la lealtad del comensal.
Pero Osaka tiene también dimensión histórica: el castillo de Osaka, reconstruido en el siglo XX sobre los cimientos del original de Toyotomi Hideyoshi, domina el centro de la ciudad desde lo alto de una colina rodeada de cerezos. Y el barrio de Shinsekai, con su torre Tsutenkaku y sus bares de salaryman jubilados, ofrece una mirada a la Osaka de posguerra que sobrevive casi intacta entre los rascacielos modernos.
07 · Nara: los ciervos sagrados y el buda más alto
A menos de una hora de Osaka o Kioto, Nara fue la primera capital permanente de Japón en el siglo VIII y conserva una concentración de tesoros del período Nara que la convierte en visita obligada. Pero antes de entrar en cualquier templo, el viajero tendrá que negociar con los habitantes más carismáticos de la ciudad: los ciervos sika.
Considerados mensajeros de los dioses en la tradición sintoísta, más de 1.200 ciervos deambulan libremente por los parques y calles de Nara, acercándose con descaro a los visitantes en busca de las galletas de salvado —shika senbei— que venden en cada esquina. Ver a un ciervo hacer una reverencia para pedir una galleta es uno de esos momentos japoneses que no tienen equivalente en ningún otro lugar del mundo.
El gran templo Todaiji alberga en su interior el Daibutsu, un buda de bronce de 15 metros de altura fundido en el siglo VIII que sigue siendo la mayor estatua de bronce del mundo en espacio interior. La escala del edificio que lo contiene —el mayor edificio de madera del planeta— prepara al visitante para la enormidad de lo que encontrará adentro.
08 · Hiroshima y la isla de Miyajima
Pocas ciudades del mundo cargan con un nombre que evoca tanto peso histórico como Hiroshima. El 6 de agosto de 1945, a las 8:15 de la mañana, la primera bomba atómica utilizada en combate destruyó la ciudad en segundos. El Parque de la Paz y su museo son una de las experiencias más conmovedoras que puede vivir un viajero, no por lo que muestran sino por la forma en que lo hacen: con un respeto y una sobriedad que evitan toda manipulación emocional y confían en que los hechos hablen por sí solos.
Pero Hiroshima también es una ciudad viva, reconstruida con una energía notable, y tiene una especialidad culinaria que sus habitantes defienden con pasión casi religiosa: el okonomiyaki de Hiroshima, que a diferencia del de Osaka apila sus ingredientes en capas en lugar de mezclarlos, y se cocina sobre planchas de hierro ante los ojos del comensal.
A 20 minutos en ferry desde el puerto de Hiroshima, la isla de Miyajima es uno de los tres «paisajes más bellos de Japón» según la tradición local. Su torii flotante —la puerta sagrada del santuario Itsukushima que parece emerger directamente del mar en marea alta— es probablemente la imagen más icónica de Japón después del Monte Fuji. En marea baja, se puede caminar hasta él y sentir bajo los pies la madera centenaria que lo sostiene.
09 · Nagasaki: el puerto que miró a Europa
Nagasaki tiene la singularidad histórica de haber sido, durante dos siglos de aislamiento japonés, el único puerto autorizado para el comercio exterior. Los holandeses en la isla artificial de Dejima, los portugueses antes de la expulsión de 1638, los chinos en su propio barrio: Nagasaki fue durante siglos la única ventana de Japón al mundo. Esa historia de apertura forzada y fascinación mutua impregna cada esquina de una ciudad donde las iglesias católicas, los templos budistas y los barrios chinos conviven con una naturalidad que no se encuentra en ninguna otra ciudad japonesa.
El segundo lugar que sufrió una bomba atómica, el 9 de agosto de 1945, Nagasaki guarda su propia memoria del horror en un parque de paz y un museo que complementan —y en algunos sentidos profundizan— la visita a Hiroshima. Las colinas que rodean el puerto y la vista nocturna desde el monte Inasa, considerada una de las «tres vistas nocturnas de Japón», hacen de esta ciudad uno de los destinos más ricos en matices de todo el país.
10 · Yakushima: la isla del bosque eterno
A 60 kilómetros al sur de Kyushu, la pequeña isla de Yakushima es uno de los lugares más singulares y menos visitados de Japón. Declarada Patrimonio Natural de la Humanidad en 1993, alberga un bosque de cedros japoneses (yakusugi) de una antigüedad que deja sin palabras: el más famoso de ellos, el Jomon Sugi, tiene entre 2.000 y 7.000 años de edad según las distintas estimaciones.
Caminar por los senderos de Yakushima —cubiertos de musgo, atravesados por ríos de agua cristalina y surcados por tortugas marinas en la costa— es una experiencia que se acerca a lo que uno imagina cuando piensa en un bosque primigenio. No es casual que Hayao Miyazaki haya utilizado estos paisajes como inspiración directa para la película La princesa Mononoke. Llegar hasta el Jomon Sugi implica entre 8 y 10 horas de caminata de ida y vuelta, pero quienes lo hacen coinciden en que es una de las experiencias más memorables de un viaje a Japón.
11 · Okinawa: arrecifes, karate y longevidad
Okinawa es Japón y no es Japón al mismo tiempo. El archipiélago subtropical que se extiende en el mar de China Oriental fue un reino independiente —el Reino de Ryukyu— hasta el siglo XIX, y conserva una cultura, una gastronomía, una música y una lengua propias que la distinguen claramente de la cultura japonesa continental. Sus playas de arena blanca y aguas turquesas son comparables a las del Caribe; sus arrecifes de coral figuran entre los más biodiversos de Asia.
Okinawa es también famosa por ser una de las llamadas Zonas Azules del mundo: regiones donde las personas viven extraordinariamente más que el promedio global. Los investigadores atribuyen esta longevidad a la combinación de dieta tradicional (rica en cúrcuma, tofu y vegetales), actividad física cotidiana, fuertes lazos comunitarios y el concepto de ikigai —el motivo por el que uno se levanta cada mañana—, que en Okinawa no es una filosofía de autoayuda sino una práctica de vida profundamente arraigada.
El castillo Shuri de Naha, sede del antiguo Reino de Ryukyu, fue destruido en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial y reconstruido en la década de 1990. Sus colores rojo y dorado, tan distintos de la estética japonesa continental, reflejan la influencia china que siempre fue determinante en esta encrucijada cultural del Pacífico.
12 · Kanazawa: el Kioto que no fue bombardeado
Kanazawa es uno de los secretos mejor guardados de Japón. Ciudad del feudo Maeda durante el período Edo, fue la segunda ciudad más rica del país después de Tokio (entonces Edo) y canalizó esa riqueza hacia las artes: la laca, la cerámica Kutani, el papel dorado, el teatro Noh y la gastronomía. Sobrevivió la Segunda Guerra Mundial sin bombardeos y conserva intactos sus distritos de casas de geisha (chaya), sus barrios de samurai y sus callejuelas de artesanos.
El jardín Kenroku-en, uno de los tres jardines más bellos de Japón según la tradición histórica, ocupa una colina en el centro de la ciudad y ofrece en cada estación un espectáculo diferente: los cerezos en primavera, la exuberancia verde del verano, los arces rojos del otoño y las esculturas de nieve del invierno. El Museo de Arte Contemporáneo del Siglo XXI —un edificio circular de cristal que plantea la pregunta de cómo se muestra el arte en el siglo XXI— es el contrapunto perfecto a tanta tradición.
La cocina de Kanazawa, conocida como Kaga ryori, es considerada por muchos chefs japoneses la más sofisticada del país, con acceso a los mejores mariscos del mar del Japón y una cultura de producto que rivaliza con la de Kioto. Comer en Kanazawa es, en sí mismo, un argumento para visitar la ciudad.
Resumen de los 12 destinos
| # | Destino | Región | No te pierdas |
|---|---|---|---|
| 01 | Sapporo · Furano | Hokkaido | Festival de la Nieve · campos de lavanda · cultura Ainu |
| 02 | Nikko | Kantō | Santuario Toshogu · cedros milenarios · foliaje otoñal |
| 03 | Tokio | Kantō | Shibuya · Asakusa · gastronomía · Yanaka |
| 04 | Fuji · Hakone | Kantō / Chūbu | Monte Fuji · onsen · museos al aire libre |
| 05 | Kioto | Kansai | Fushimi Inari · Gion · Kinkakuji · jardines zen |
| 06 | Osaka | Kansai | Dotonbori · takoyaki · castillo de Osaka · Shinsekai |
| 07 | Nara | Kansai | Ciervos sagrados · Todaiji · Daibutsu |
| 08 | Hiroshima · Miyajima | Chūgoku | Parque de la Paz · torii flotante · okonomiyaki |
| 09 | Nagasaki | Kyūshū | Parque de la Paz · barrio chino · vista nocturna |
| 10 | Yakushima | Kyūshū sur | Jomon Sugi · bosque primigenio · tortugas marinas |
| 11 | Okinawa | Ryukyu | Arrecifes · castillo Shuri · longevidad · ikigai |
| 12 | Kanazawa | Chūbu | Kenroku-en · barrios chaya · Kaga ryori · arte contemporáneo |
Naoto Sensei · Letras y cultura japonesa

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